Hermosos Rottweillers.

por
género
zoophilia

Fiordaliso es el nombre que me dieron mis padres y estoy muy contenta con ello. Quisiera compartir con ustedes lo que me paso recientemente. Mi matrimonio es verdaderamente genial. Tengo dos gemelas que están en sexto de básica. Tengo treinta y seis años. Mi marido es un excelente proveedor, un padre inigualable y un muy amado marido. Aún cuando tuve un doble parto, mi cuerpo no sufrió mucho. Me gusta pensar que conservo mi figura tal cual la tenía a los veintidós. Por lo menos mi marido dice que es así. Mi marido trabaja arduamente y el único punto negativo es que viaja regularmente fuera del país y se mantiene ausente a veces hasta por dos semanas.


Mis senos son de un tamaño mediano a grande, pero después del embarazo quedaron de una sobremedida, tuve que cambiar todos mis sujetadores. Siempre he sido fanática de los ejercicios y eso me ayuda a mantenerme en esplendida forma. Mido casi un metro ochenta y peso cincuenta y nueve kilos. Como dije mis senos se agrandaron con el embarazo, me quedé en una 36DD con areolas pequeñas y pezones oscuros como un frijol negro. Mi trasero se mantiene firme, no muy grande y no muy pequeño. Mi marido dice que tengo un culo de pato, echadito hacia atrás. Me encanta afeitarme en todas partes y poder tocar mi piel suavecita y sin pelos ni vellos. Lo más lindo de mí son mis labios, pero no los de la boca. Están formados delicadamente y muy bien cerraditos, ocultan muy bien todo lo que hay entre mis piernas. Cuándo estoy de pie no se me ve nada, mi marido dice que pareciera que no tuviera absolutamente nada allí abajo; dice que tengo el coño perfecto y agradece que tenga el culito tan echado para atrás.


Vivimos en una ciudad del sur de Chile en un sector rural. Mis hijas de trece años son gemelas y tienen todo el espacio del mundo en las veinte hectáreas de la propiedad. Siguen mis paso con frecuentes ejercicios de atletismo. Cómo mi marido se ausenta de frecuente, compró una pareja de Rottweillers y los hizo adiestrar como perros de guardia. Eso lo hace estar más tranquilo cuando él se va de casa por negocios.


Los perros son dos machos llenos de energía y un aspecto impresionante con esas enormes cabezas de toro. Mis hijas los adoran. Como ama de casa con las tareas hogareñas habituales y el cuidado de dos muchachas preadolescentes, no tengo mucho tiempo para dedicar a los perros. Además, me molesta mucho cuando intentan meter sus narices en mi entrepierna, por mucho que los regañe continúan a hacerlo.


Ahora vengo al punto que quiero narrarles.


Mi marido llevaba casi una semana fuera de casa, las niñas se habían ido a pasar el fin de semana en casa de los abuelos y yo me quedé en la finca. Mis únicos compañeros eran Aristóteles y Platón, nuestros Rottweillers.


Estaba sola en casa haciendo mis tareas de ama de casa y me visto con ropas cómodas, sin un sujetador, pantalones holgados, a veces con bragas y a veces sin nada debajo. Comencé con limpiar y ordenar los dormitorios. Por suerte las chicas no ensucian casi nada, solo un poco de desorden. Hice primero la cama de Jessica y Luego la de Loreto; después me puse una tenida de tipo militar, con botas y salí de casa para comenzar a realizar una serie de ejercicios.


Platón y Aristóteles inmediatamente corrieron hacia mí para hacerme compañía, vinieron meneando sus cortas colas y orejas, me saltaron encima y con su peso me arrinconaron contra la baranda del porche. Me sentí tranquila pues ellos estaban allí para mi seguridad, Aristóteles alzado en dos patas me llegaba al cuello y me dio unos lengüetazos hasta en mi rostro, en tanto Platón se había entremetido entre mis piernas y empujaba su hocico cuadrado contra mi ingle. Acaricie sus enormes cabezas y los alejé de mí. Aristóteles se hizo a un lado y pareció perder interés en mí, pero Platón me siguió e intentaba de meter su cabeza entre mis piernas.


Lo empujé y me fui trotando hacia un bosquecillo de enormes cipreses. Platón me seguía a corta distancia y Aristóteles nos alcanzó y siguió tratando de saltar sobre mí. Me empujaron contra un viejo y grueso tronco de un árbol, Aristóteles se alzó hasta tocar mis hombros y con su peso me hizo bajar mi centro de gravedad. Estiré mi trasero hacia atrás, entonces él bajó sus zampas y me aferró por la cintura. No podía moverme dado el enorme peso del perro. Aristóteles me soltó, lo que favoreció a Platón para su turno de saltarme encima. Me encontraba en cuclillas afirmada al tronco del árbol, con Platón subido a mi lado izquierdo y Aristóteles a mi lado derecho. ¡Oh, Dios! Están tratando de montarme, pensé. ¡Jesús, Jesús! ¡Quieren aparearse conmigo!


Aristóteles no era el más insistente, así que pronto se bajó de mí. En cambio, Platón me aseguró entre sus fuertes zampas y comenzó a hacer un movimiento de follar detrás de mí. Podía sentir su polla de perrito empujando mis pantalones mimetizados. Me sobresalté cuando tibias gotas de un líquido acuoso y casi trasparente comenzó a escurrir sobre la piel de mis muslos. ¡Mierda! Platón me estaba disparando gotitas de su semen perruno.


Reaccioné levantándome enérgicamente y limpié con mis manos la lechita de perrito que mojaba mis piernas. Me llevé la mano a la nariz y la olfateé. Quise llevarla a mi boca, pero me contuve. Hasta ahora solo había probado el semen de mi marido. De todos modos, no me pareció una cosa asquerosa. Por alguna razón ellos me habían tomado por una perrita y me perseguían. ¿Será por qué estoy en mis días fértiles?, me pregunté.


Por primera vez me sentí un poco cachonda al ser deseada y perseguida por dos enormes machos. Me parecía una cosa un poco salvaje que llenaba mi panocha de fluidos y me hacía temblar. ¿Será posible para una mujer copular con un animal?, me pregunté. Inmediatamente deseché la idea por parecerme poco probable y bizarra.


Me volví un poco de regreso a la casa. Platón me seguía insistentemente olisqueando entre mis muslos. Solo para hacer una especie de prueba, me afirmé en el tronco de un árbol y él vino y me saltó con sus zampas alrededor de mi cintura. Poco a poco me fui bajando y él se acomodó detrás de mí; me apretó entre sus patas y me tiró hacia su polla, comenzando otra vez ese movimiento enérgico y veloz de follar mientras yo yacía debajo de él casi en posición de perrito. Esta vez lo dejé que intentara sus movimientos y sentí que humedecía mis shorts con su lefa canina. A todo esto, repentinamente apareció Aristóteles y rápidamente me montó por delante, su polla quedo a la altura de mi boca, pude ver la aguzada puntita roja que comenzaba a aflorar desde su peluda funda. ¡Oh, Señor! ¡Estos dos quieren follarme!


Me quedé en esa posición por algunos minutos mientras los perros se turnaban a montarme y a tratar de follar mi panocha. Mis pantalones eran de mezclilla gruesa y no había ninguna posibilidad de que ellos alcanzaran a penetrarme. Los dejé que jugaran conmigo, pero esto me hizo sentir furiosamente cachonda. Mis tetas parecieron hincharse y mi clítoris pulsaba pidiendo de ser tocado y mimado.


Poco a poco volví a levantarme. Deslicé la cremallera de mi blusa y acomodé mis tetas que hormigueaban deliciosamente. Los dos perros se me abalanzaron al unísono, entonces sin siquiera pensarlo estiré mi mano y toqué la polla de Aristóteles. Se sentía muy gruesa y grande aún estando casi toda dentro de su funda. ¡Uy! era más grande que la de mi marido. Tenía mis medias rotas, mi panocha inundada y mis tetas que me punzaban, así que me dirigí de vuelta a casa.


Entré a casa y dejé los perros afuera; me estiré de espalda sobre un diván y saqué mis tetas hinchadas; las aplasté, las sobajeé, las pellizqué y estiré tirando de mis pezones. Metí mi mano bajo mis pantaloncitos y me encontré con un charco de fluidos caldeados. Estaba demasiado cachonda, miré el reloj y vi que todavía era temprano. Nadie iba a venir a casa el día de hoy. No podía desperdiciar ni un solo minuto más. Me levanté, fui a la puerta e hice entrar a Platón.


Platón inmediatamente comenzó a saltarme encima tratando de derribarme. Lo rechacé empujándolo y tratando de retroceder hacia el diván. Me eché hacia atrás para sentarme, pero justo en ese momento Platón me saltó encima y resbalé cayendo al borde del sillón. Tratando de levantarme, me giré y quede a cuatro patas, cosa que Platón aprovecho de inmediato para saltar encima de mí e inmovilizarme con su pesado cuerpo y aprisionarme entre sus fuertes patas delanteras. Todavía estaba con mis gruesos shorts, así que él no podía obtener lo que quería de mí. Sentí su cabeza enorme cerca de mi mejilla izquierda y lo acaricie; su lengua alcanzó a rozar mis labios en una especie de beso.


El perro se acomodó encima de mí y comenzó a hacer sus movimientos veloces de follar. Ahora lo quería sentir, así que acomodé mi torso sobre el sofá y lo dejé que hiciera sus movimientos. Al no encontrar modo de meter su polla en mí, él se bajó y vino a olisquear mi entrepierna. Empujé ansiosa mi conchita contra su hocico, vibraciones de placer recorrieron mi cuerpo, me alejé del sillón y Platón volvió a saltarme encima, pero con su peso logró solo derribarme sobre la alfombra con mi culo alto en el aire, entonces volvió a atraparme por la cintura y comenzó a mover sus flancos traseros furiosamente para tratar de follar mi coño cubierto con mis shorts de mezclilla.


Comenzamos una especie de juego cachondo Platón y yo. Él buscando de encontrar mi panocha y yo rechazándolo y cada vez más caliente ante su insistencia. Me giré, me recosté, me senté y Platón siempre en sus propósitos obvios de querer tener mi panocha. Volví a colocarme en cuatro con mi torso sobre el diván, a este punto había abierto el cierre de mi blusa y mis pesadas tetas se apoyaron sobre el cuero del diván. Después jadeando me giré apoyando mis manos en la alfombra y mis tetas balanceándose hacia atrás y hacia adelante mientras Platón me embestía con su polla que ahora estaba a mitad fuera de su funda. Mis uñas se enterraron en la alfombra cuando sentí su polla caliente resbalando y golpeando mis muslos desnudos. Jadeé y me estremecí en un mini orgasmo, Platón seguía follando mis muslos con su polla candente y seguía derramando leche que escurría por mis muslos. Comencé a desesperarme por una polla, ya no me importaba si era la polla de mi perro.


Metí mis dedos en mis medias las rajé para poder sentir un poco mejor el roce de su polla. Mi mano entró en contacto con su polla goteante varias veces, toda mojada y salpicada de semen la restregué contra mis tetas. Como pude me giré y me senté sobre el sillón abriendo mis piernas ampliamente. Platón saltó entre mis piernas e intento follarme en la posición del misionero, bajé mi ingle para sentir su polla restregarse sobre mi panocha cubierta por mis gruesos pantalones cortos. La sensación fue alucinante. Mi respiración estaba fatigosa y entrecortada por las delicias que me estaba haciendo sentir el cachondo juego con mi adorado Rottweiller que lamía mi rostro con su babosa lengua caliente.


Besé su hocico mientras lo tiraba más sobre mí, acariciando su lomo y restregando mis blanquísimas tetas contra su pelaje negro azabache. Lo estreché contra mi cuerpo y empujé mi monte de venos contra la polla chorreante de Platón. Lo sentí, su macizo pene restregaba justo sobre mi clítoris y me corrí sin siquiera ser penetrada. Lo envolví con mis brazos enterrando mis duros pezones en su pelaje oscuro, empujando mi ingle temblorosa contra su enorme polla y besando los pelos de su cabeza.


No podía seguir resistiendo y aferré su polla para meterla en la bocamanga de mis shorts, lo más cercano a mi empapada panocha. Pero mis pantaloncitos eran tan estrechos que solo conseguí mojar más mis muslos y mi mano con su tibio semen. Defraudado él se bajó de mí; arreglé mis enmarañados cabellos y me acurruqué al borde del sofá sentada sobre la alfombra. Platón volvió a saltar sobre mí y folló mi espalda. Por ninguna razón quería alejarse de mí, su intención era follarme y yo comencé a pensar en esa posibilidad, pero no sabía cómo hacerlo.


Me volví a colocar con mi torso sobre el diván y Platón volvió a saltar sobre mí empujando su polla contra mis muslos. Abrí bien mis rodillas y él quedó un poco más cómodo y me embistió enérgicamente con su miembro perruno. En esa posición él podría eventualmente follar mi panocha, pero le era imposible ya que yo seguía protegida con mis gruesos y estrechos shorts de mezclilla. Viendo su rojiza polla que continuaba a gotear se me ocurrió probar algo. Me acosté sobre el sillón con mis piernas sobre el respaldar y mi cabeza colgando al borde del sillón. No sé si platón captó mi intención, pero inmediatamente me saltó encima, quedando su polla justo frente a mi boca. Desesperada la aferré y la colé entre mis labios, Platón enajenado comenzó a follar mi boca. Pasaron solo unos minutos y Platón comenzó a llenar mi boca con su leche. Tragué chorros y chorros de semen caliente, no me pareció desagradable su sabor, es más, me gustó más que el de mi esposo. Después de que Platón obtuvo su clímax pareció sosegarse, pero yo estaba cada vez más caliente, así que me dirigí a la puerta e hice entrar a Aristóteles.


Aristóteles se fue directo a lengüetear mis muslos manchados del semen de Platón; me pareció tan parecido a mi marido. Mi esposo después de follarme como loco, acaba dentro de mí y rápidamente baja comerse mi coño lleno de su semen. Algo parecido hacía Aristóteles lamiendo todo el semen que había dejado Platón sobre mi cuerpo. Me saltó encima y su pene restregó contra mi muslo desnudo, estiré mi mano y acaricie su gruesa polla de perro que también comenzaba ya a gotear. Me arrodillé al borde del sofá y comencé a chupar su polla que comenzaba a hacerse cada vez más larga y gruesa. Pero ahora yo necesitaba una polla en mí. Platón estaba tranquilamente sobre la alfombra limpiando su rojizo pene. Aristóteles tenía intacta toda su carga dentro de sus redondas y grandes bolas, esa leche iba a ser mía.


Me lo llevé a mi dormitorio, él saltó sobre la cama y yo me saqué mis pantalones cortos y mi blusa humedecidos de semen canino. Me quedé solo con mi pequeña tanga roja. Aristóteles se vino a lengüetear mí rostro y mis labios humedecidos con el semen de Platón y de su propio semen. Lo incité a subir sobre la cama, me recosté sobre mi espalda y levanté mis piernas hasta casi tocar mis pechos. Él se abalanzó entre mis nalgas y comenzó a lamer mi culo y mi panocha con su larga lengua, entonces abrí mis piernas y corrí mi tanga hacia un lado. Chillé y arqueé mi espalda cuando su lengua rasposa se enfiló entre los labios de mi coño, casi me hace tener un orgasmo, Mi cuerpo entero tembló mientras el barría mi caliente hendedura con su lengua caliente.


Abrí un poco más mis piernas y eché mi cabeza hacia atrás deleitándome de las lamidas de Aristóteles a mi necesitado coño, Aristóteles se echó cómodamente entre mis piernas abiertas de par en par y comenzó a empujar su entera lengua dentro de mi agujerito empapado. Chillé desesperada sintiendo sus lamidas intensas y voraces. Aristóteles se estaba comiendo mi panocha como nunca nadie lo había hecho. Por alguna razón Aristóteles perdió interés en mi chocho, me puse a gatear en cuatro detrás de él, necesitaba su polla. Repentinamente unas poderosas zampas me apresaron desde atrás.


Era Platón que sin pérdida de tiempo comenzó en su intento de follar mi coño. Esta vez él tenía acceso libre a mi panocha y me quedé quietecita esperando que él lo lograra. Se aventó como poseído y me tiró de mis caderas sobre su aguzada polla. Muy pronto la sentí que presionaba mis calientes labios hinchados y mojados, pero mi tanga se había corrido y obstruía su polla en camino a mi conchita. Como pude la volví a correr para que Platón pudiera penetrarme, pero desafortunadamente esta volvía una y otra vez a cubrir mi orificio lampiño. Me senté sobre la cama, me quité las botas y me quité mi tanga obstructiva, ahora no había nada que se interpusiera entre mi panocha y el grueso pene de Platón.


Al primer intento Platón clavo su polla furiosamente contra mi labia vaginal causándome un poco de dolor, enseguida acertó a mi agujero y me penetró con fuerza.
—¡Ohhh! … ¡Ohhh! … ¡Uhhh! … ¡Umpf! … ¡Uhhh! … ¡Ohhh! … ¡Ay! … ¡Qué rico! … ¡Ohhh! …
Su polla entró con prepotencia dentro de mí, pero volvió a salir una y otra vez. No sabía como hacer para mantenerla dentro de mí. Entonces metí mi mano entre mis piernas y traté de dirigirla hacia mí hendedura, pero clavó mi culo varias veces, no quería sentirla en mi ano, la quería en mi panocha, así que continué tratando de direccionarla a mi agujero mojado. Después de varios intentos fallidos, finalmente me penetro profundamente, sentí algo grueso introducirse dentro de mi estrecho coño, casi al mismo instante su polla pareció engrosarse y crecer muchísimo llenando mi entero agujero. Me dio una decena de embistes y luego pareció calmarse. Su polla seguía creciendo y presionaba todas mis paredes vaginales, rozaba por todos los recovecos de mi vagina. Su pene era enorme.
—¡Ahhhhh! … ¡Ayyyaaayyy! … ¡Umpf! … ¡Ummmm! … ¡Aaahhh! … ¡Ohhh! … ¡Uuuggghhh! … ¡Me estás llenando todita! … ¡Ohhh! … ¡Ummmm! …
Gemí desesperada al sentir que me rociaba con su esperma caliente mi cuello uterino, esto me provocó un violento orgasmo. Traté de moverme, pero el peso de Platón me lo impedía, además, mi coño estaba anudado a su gruesa pija. No nos podíamos despegar. Me quedé quieta para no causarme dolor.


Sus peludas bolas estaban presionando con fuerza mi clítoris, lo que me mantenía casi en un orgasmo infinito, su enorme polla estaba atorada en mi conchita apretada y temblorosa. Su inmenso peso hizo que me recostara boca abajo con mi culo alzado y pegado a su polla encastrada entre mis enrojecidos y apretados labios. Continuaba a sentir su polla pulsante expeliendo semen en mi matriz. Metí mi mano hacia atrás y toqué sus bolas peludas pegadas a mi panocha, no podía creer que una enorme polla de perro estuviese embutida profundamente en mi sexo de mujer.


Debo decir que me sentía maravillosamente bien, estaba solo un poco preocupada por el hecho de que esa enorme polla no salía ni por nada al mundo fuera de mi apretado coño. Yo sabía que los perros son unos de los pocos animales que anudan a su hembra y que se necesita un tiempo antes de que se vuelvan a desconectar. Me había convertido en una hembra perrita y no me disgustaba para nada.


Cansada de mantener su peso encima de mí, aferré su pata trasera izquierda y me giré un poco. El pesado cuerpo de Platón se deslizó sobre la cama, pero su pene seguía encastrado profundamente en mi vagina. Podía decirse que me follaba a cucharitas. Con mi mano empujé su nudo para no dejarlo salir todavía. Me encantaba esta salvaje copulación, mi coño estaba anudado a la polla de Platón. Lo mantuve así por algunos minutos y luego solté su pata trasera, su pija resbaló sin esfuerzo fuera de mí. Ahora era el turno de Aristóteles y no iba a ser yo quien rechazara su polla.


Empujé a Platón fuera de mi cama y Aristóteles saltó a ocupar su puesto. Lo invité a venir a mi conchita abriendo mis piernas ampliamente y dándome golpecitos en mis muslos. Levanté mis piernas en el airé y le permití de lamer el esperma de Platón que había escurrido entre mis nalgas, me encantó cuando me lamió mi pequeño orificio arrugado. Incluso abrí mis nalgas con mis manos para él. Pero luego pareció perder todo interés y se bajó de la cama.


Comencé a gatear sobre la cama para invitarlo a que me persiguiera, pero quién volvió pronto a perseguirme fue Platón. Entendí que él era el perro Alfa y el dominante. Lo dejé que me persiguiera sobre la cama tratando de meter su nariz entre mis glúteos y Aristóteles se le unió, ahora tenía a los dos machos buscando y persiguiendo mi panocha. Yo quería ser follada por Aristóteles, él es más dulce. Empujé a Platón y Aristóteles vino a lamer mi rostro. Platón no perdió la oportunidad y fue a lamer mi coño. Cerré mi muslos y lo empujé con un pie, luego me enderecé y seguí empujando a Platón, entonces Aristóteles me montó rápidamente y sin dificultad alguna su polla se adentró profundamente en mi coño.
—¡Aaaahhhh! … ¡Aaaahhhh! … ¡Ay! … ¡Rico! … ¡Uuuuhhhh! … ¡Ummmm! … ¡Aaaahhhh! …
Instantáneamente la polla de Aristóteles creció a desmesura y ya no pudo salir de mi panocha. Estaba atada a una polla de perro por segunda vez. Sin ser el macho dominante, la polla de Aristóteles era mucho más grande y gruesa que la de Platón. Su nudo se infló y presionó mi punto G haciéndome temblar de placer, mi orgasmo fue violento y breve. Apreté mis tetas con fuerza mientras me corría en la polla de Aristóteles. Pero luego vinieron otras contracciones y otras convulsivas olas de lujurioso goce, me volví a correr. Esta vez todo mi cuerpo se estremeció, hice rechinar mis dientes en una serie de agónicos gemidos.
—¡Aaaahhhh! … ¡Aaaahhhh! … ¡Uuuuhhhh! … ¡Umpf! … ¡Uuuuhhhh! … ¡Aaaahhhh! …
Mi coño estaba tan resbaladizo que la polla de Aristóteles salió disparada de mi vagina, afortunadamente no sentí ningún dolor, solo un inmenso vació. Aristóteles vino a lamer mi rostro y sentí otra lengua lamiendo mi coño y el semen de Aristóteles, debía ser Platón. Él solo me lamió brevemente y volvió a saltar sobre mi espalda. Mientras acariciaba la hermosa cabeza de Aristóteles, Platón me penetró otra vez y me anudó velozmente. Su polla creció y estimuló mi coño al máximo. Ahora me follaba el Alfa de la manada y me sentí cachonda y afortunada. La tercera vez que me anudaban en un día. Nada de mal para ser mi primera experiencia de perrita.


Las peludas bolas de Platón golpearon repetidamente mi clítoris. Un orgasmo intenso golpeó mi cuerpo y empujé mi trasero contra la polla de Platón mientras el me follaba velozmente. Lo sentí que llenaba mi coño con su lechita otra vez y con la misma rapidez se bajó de mi espalda. Me acerqué a Aristóteles que yacía tranquilamente echado a los pies de la cama. Estaba volteado hacia la puerta dándonos la espalda mientras Platón follaba mi panocha; como si no quisiera enterarse del hecho consumado. ¿Celoso tal vez?


Me incliné a mirarlo a los ojos, él volteo su cabeza y lengüeteó mi rostro, yo le di un beso en el hocico. Lo abracé y lo puse en frente de mis tetas, él me regaló unas sonoras lengüeteadas a mis pezones que se endurecieron rápidamente causando un placentero cosquilleo. Me recosté bajo su cabeza y el siguió lengüeteando mis rostro y yo lamiendo su hocico, nos besábamos como dos amantes, pero no éramos dos, éramos tres. Alguien comenzó a lamer mi panocha y me hizo gemir cachonda.


Yo quería volver a sentir la grande y gruesa polla de Aristóteles, pero él no era de la misma idea, no quería montarme. Entonces yo como la hembra Alfa debía tomar la decisión y hacerlo mío. Lo hice recostar sobre el edredón. Lo hice voltear sobre su espalda dulcemente y lo monté a horcajadas sobre su funda peluda. Comencé a acariciar su pecho sentada sobre el bulto de su bulbosa pija perruna. Arreglé mis cabellos en una cola de caballo para que no me molestaran y me incliné a lamer su lengua y hocico, apoyando mis grandes tetas sobre su pelaje. Contemporáneamente inicié a mover mi panocha aplastando su pija hacia atrás y hacia adelante, muy pronto la sentí crecer entre los labios regordetes y lampiños de mi vagina. Mientras restregaba mi panocha sobre su verga, lo miraba fijamente a los ojos. Aristóteles me miraba con sus grandes ojos muy abiertos y permanecía quietecito mientras yo le hacía el amor a él, metí mi mano hacia atrás, aferré su polla y direccione la aguzada y rojiza puntita dentro de mi coño bañado de semen. Comenzó a crecer y pronto la sentí toda dentro de mi chocho, pero su nudo quedó afuera.


Me moví hacia atrás y hacia adelante cabalgando su polla alocadamente, necesitaba correrme y hacerlo que él se corriera en mí. Al cabo de unos diez minutos me corrí desesperada y deliciosamente, justo en el momento en que Aristóteles llenaba mi panocha con su lechita caliente, lo abracé fuerte y use todos mis músculos vaginales para extraer su precioso néctar todo dentro de mí. Exhausta lo desmonté y me desmoroné sobre el edredón.


Estaba sedienta. Platón se acercó a mí a lamer el semen que escurría de mi panocha, vi que su gran polla se balanceaba bajo su panza. Le agarré una pata trasera y lo tiré sobre mi cara, comencé a chupar su polla animosamente, necesitaba saciar mi sed y que mejor que con lechita de perro. Tragué todo lo que pude de su pene chorreante, Platón comenzó a chorrear más, entonces apunté su polla sobre mis tetas y las rocié con ese líquido caliente, después las embadurné de lefa usando mi mano libre. Estaba demasiado exhausta para continuar. Todavía quedaban varias horas para terminar el día, pero yo necesitaba reposarme un poco para reponerme. La diversión había apenas comenzado entre mis amados Rottweillers y yo.

Fin.

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luisa_luisa4634@yahoo.com

escrito el
2025-04-01
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